El reloj y la brújula: una historia sobre amor propio y decisiones
Teyla despertó antes de que sonara la alarma. Otra vez. El cuarto estaba oscuro, pero no del todo. Una línea pálida de luz entraba por la cortina y partía la pared en dos, como si la mañana todavía no se decidiera a entrar. Ella tampoco. Miró el celular. Cinco mensajes sin leer. Todos de él. No los abrió. Ya sabía lo que decían. O, mejor dicho, sabía el clima que traían: una disculpa a medias, una queja disfrazada de tristeza, una promesa con olor a repetición. Hay mensajes que uno no necesita leer porque el cuerpo los lee primero. El pecho se aprieta, la garganta se seca, la mano duda. Y ahí estaba Teyla, quieta, como si moverse pudiera activar el mismo día de siempre. Cuando el amor se parece demasiado a una repetición No era la primera vez que le pasaba. Eso era lo más cansado. No era el primer hombre intenso, ni la primera historia que comenzaba con una conexión “distinta”, ni la primera madrugada en la que ella terminaba explicando por qué algo le había dolido mientras él...