El día que Tyen tuvo razón y decidió no demostrarlo
Tyen tenía la respuesta. Exacta. Limpia. Irrefutable. Solo necesitaba decirla. La frase llevaba varios segundos esperando detrás de sus labios, lista para salir y hacer lo que ella sabía que podía hacer muy bien: poner cada cosa en su sitio. Pero no la dijo. Y nadie en aquella habitación, ni siquiera la persona que estaba frente a ella, pudo imaginar lo difícil que fue dejarla allí. Cuando tener razón se convierte en una forma de defenderse Tyen había aprendido temprano que callar podía salir caro. De niña observaba mucho. Los rostros, los cambios de tono, esas pausas extrañas que aparecen cuando alguien dice que está bien, pero claramente no lo está. Mientras otros llenaban los espacios con palabras, ella parecía quedarse a un lado, mirando. El problema era que la gente confundía su silencio. A veces pensaban que no entendía. Otras, que estaba de acuerdo. Y alguna que otra vez alguien decidió por ella qué pensaba, qué sentía o qué había querido decir. Así que aprendió a defender su vo...