El Buenos Días que Teniel Nunca Supo Agradecer
Teniel no notó el silencio el primer día. Eso fue lo más raro. Había pasado frente a la misma casa, a la misma hora, con el mismo café a medio cerrar en la mano y el celular vibrándole como un insecto nervioso en el bolsillo. La mañana tenía su ruido normal: una moto arrancando mal, una puerta metálica que se quejaba, un perro pequeño ladrando con complejo de guardián. Todo estaba en su sitio. O casi todo. Faltaba una voz. —Buenos días, Teniel. La voz de doña Clara. Pero él no la escuchó porque, honestamente, casi nunca la escuchaba de verdad. Le respondía, sí. Teniel era educado. Decía “buenos días” sin levantar mucho la mirada, como quien paga una moneda en una caseta invisible antes de seguir su camino. Era parte del trámite de salir al día. Y vaya que Teniel salía al día como si el día fuera una pelea. Cuando la rutina parece no decir nada Teniel tenía cuarenta y tantos, aunque algunas mañanas parecía cargar más años en los hombros. Trabajaba mucho, hablaba rápido, caminaba rápido ...