El Buenos Días que Teniel Nunca Supo Agradecer
Teniel no notó el silencio el primer día.
Eso fue lo más raro.
Había pasado frente a la misma casa, a la misma hora, con el mismo café a medio cerrar en la mano y el celular vibrándole como un insecto nervioso en el bolsillo. La mañana tenía su ruido normal: una moto arrancando mal, una puerta metálica que se quejaba, un perro pequeño ladrando con complejo de guardián. Todo estaba en su sitio.
O casi todo.
Faltaba una voz.
—Buenos días, Teniel.
La voz de doña Clara.
Pero él no la escuchó porque, honestamente, casi nunca la escuchaba de verdad. Le respondía, sí. Teniel era educado. Decía “buenos días” sin levantar mucho la mirada, como quien paga una moneda en una caseta invisible antes de seguir su camino. Era parte del trámite de salir al día.
Y vaya que Teniel salía al día como si el día fuera una pelea.
Cuando la rutina parece no decir nada
Teniel tenía cuarenta y tantos, aunque algunas mañanas parecía cargar más años en los hombros. Trabajaba mucho, hablaba rápido, caminaba rápido y hasta descansaba con una especie de prisa extraña, como si también el descanso tuviera que demostrar resultados.
Vivía convencido de que su rutina no tenía nada especial. Casa, auto, oficina, mensajes, llamadas, pendientes, regreso, cansancio. Al otro día, lo mismo. Había quienes llamaban a eso estabilidad. Él prefería llamarlo “lo que toca”.
Doña Clara vivía tres casas más abajo, en una vivienda color crema con geranios en latas recicladas. Cada mañana salía temprano, acomodaba una silla de mimbre junto a la puerta y regaba sus plantas con una paciencia que a Teniel le parecía de otro siglo. No era una mujer escandalosa ni metida en vidas ajenas. Tenía esa presencia tranquila de quien no necesita imponerse para estar.
Cuando Teniel pasaba, ella decía:
—Buenos días, hijo.
A veces agregaba:
—Que le rinda el día.
O:
—Maneje con cuidado, que anoche llovió.
Teniel contestaba. Claro que contestaba.
—Gracias, doña Clara.
Pero ya sabes cómo pasa. Hay respuestas que salen de la boca, no del pecho.
La vida cotidiana está llena de esas pequeñas escenas que parecen adornos. La señora que barre la acera. El vecino que saluda desde la ventana. La persona de la tienda que ya sabe cómo tomas el café. Son cosas simples, tan simples que uno las deja de ver. Como las paredes de la casa. Como el olor de la ropa limpia. Como la mesa donde siempre caen las llaves.
Hasta que faltan.
Una silla vacía también puede hablar
El segundo día, Teniel sí notó algo.
La silla de mimbre estaba vacía.
No se alarmó. La mente ocupada tiene un talento especial para defenderse de lo que incomoda. “Seguro fue al médico”, pensó. “O estará durmiendo.” Siguió caminando y se molestó porque el auto no encendió al primer intento.
El tercer día miró hacia la puerta antes de querer mirar.
Eso lo sorprendió.
Había bajado la velocidad frente a la casa de doña Clara. Sin planearlo. Sin decidirlo. El cuerpo, que a veces es más honesto que la agenda, esperaba la voz.
Nada.
La planta de albahaca estaba un poco vencida. La silla, quieta. La cortina, cerrada.
Teniel sintió una incomodidad pequeña, ridícula casi. ¿Cómo explicar que un saludo ausente podía desordenarle la mañana? Ni siquiera eran amigos. No tomaban café juntos. Nunca tuvo una conversación larga con ella. Sabía que se llamaba Clara porque alguien se lo había dicho años atrás, pero no sabía mucho más. No sabía si tenía hijos cerca, si le dolían las rodillas, si había sido maestra, costurera, enfermera o ninguna de esas cosas.
Ella, en cambio, sí sabía su nombre.
Ese detalle todavía no le dolía. Pero iba a dolerle.
El ruido de estar demasiado ocupado
En la oficina, Teniel recibió treinta y siete mensajes antes del mediodía. Algunos empezaban con “urgente”. Otros con “cuando puedas”, que muchas veces significaba “ahora mismo, pero con educación”. El día avanzó entre reuniones, archivos y esa sensación moderna de estar conectado con todos y disponible para nadie.
A media tarde, mientras esperaba que cargara una presentación, recordó la voz de doña Clara.
—Que le rinda el día.
Le pareció curioso. Nadie en la oficina le deseaba que el día le rindiera como una bendición. Le pedían avances. Le pedían números. Le pedían decisiones. Eso no era malo; el trabajo tiene su idioma. Pero aquel saludo de la vecina no le exigía nada. No quería convencerlo, venderle, corregirlo ni apurarlo.
Solo lo reconocía.
A veces eso basta para que una persona no se sienta tan sola, aunque todavía no sepa que se siente sola.
Teniel cerró la computadora más tarde de lo habitual. Volvió a casa cansado, con una irritación suave pegada al cuello. Al pasar frente a la casa de doña Clara, vio a don Ernesto, el vecino de enfrente, guardando unas bolsas.
Teniel pudo seguir de largo.
Eso habría hecho antes.
Pero algo lo detuvo.
—Don Ernesto… ¿usted sabe si doña Clara está bien?
El hombre lo miró con una mezcla de sorpresa y pena. No una pena teatral, sino de esas que se bajan la voz antes de hablar.
—Ay, Teniel. ¿No supo?
Hay frases que ya traen la noticia adentro.
Teniel negó con la cabeza.
—Falleció el domingo en la madrugada. Dormidita, gracias a Dios. La familia vino rápido. El velorio fue ayer.
El mundo no se detuvo. Eso fue lo cruel. Pasó un taxi. Un niño arrastró una mochila. Una señora discutió por teléfono en la esquina. El barrio siguió funcionando como funcionan los barrios: con sus pequeñas tragedias mezcladas con el pan, la basura, las compras y el tráfico.
Teniel miró la silla vacía.
—No sabía —dijo.
Y esa frase, tan común, le salió como una confesión.
La vergüenza de llegar tarde
Esa noche, Teniel no pudo acomodarse dentro de sí.
No lloró de inmediato. Hay personas que necesitan primero ordenar la culpa antes de permitirse la tristeza. Se preparó algo de cenar, dejó la comida a medias, revisó el teléfono sin leer nada. El silencio de su apartamento tenía bordes.
Pensó en todas las veces que doña Clara lo saludó.
Pensó en su propia respuesta seca, apurada, correcta.
Correcta, sí.
Pero pobre.
No se castigó con grandes escenas. La culpa verdadera rara vez grita; más bien se sienta cerca y respira despacio. Le mostró una imagen tras otra: doña Clara regando las plantas, doña Clara levantando la mano, doña Clara diciéndole “hijo” con una familiaridad prestada, como si el barrio también pudiera criar un poco a sus adultos cansados.
Al día siguiente, Teniel salió sin audífonos.
Eso, para él, ya era bastante.
Se detuvo frente a la casa. La albahaca estaba más triste. Una maceta tenía tierra seca. Sobre la silla había una hoja amarilla, caída quién sabe de dónde.
Teniel miró hacia los lados, como si necesitara permiso para hacer algo bueno.
Luego tomó la manguera enrollada junto a la pared y regó las plantas.
No fue una escena de película. Se mojó un zapato. La llave chirrió. Un carro tocó bocina en la avenida. Pero algo dentro de él, algo que llevaba tiempo duro como pan viejo, cedió un poco.
Lo sagrado también usa ropa de diario
En los días siguientes, Teniel empezó a notar cosas que siempre habían estado ahí.
La muchacha que repartía pan pasaba antes de las siete y siempre llevaba el cabello recogido con una liga roja. El señor de la tienda abría la cortina metálica con una pausa antes del último tirón, como si necesitara juntar fuerzas. Una vecina dejaba agua para los gatos callejeros en una tapa de plástico. Dos niños esperaban el transporte escolar peleando y reconciliándose en menos de tres minutos, esa velocidad milagrosa de la infancia.
El barrio no era un escenario. Era una red.
Y él había caminado por esa red como quien pisa un puente sin preguntarse quién lo sostiene.
Una tarde, don Ernesto le contó más de doña Clara. Que había sido costurera. Que enviudó joven. Que conocía los cumpleaños de media calle. Que cuando alguien enfermaba, aparecía con caldo, aunque fuera poquito. Que no le gustaban los chismes, pero sí estar pendiente. “Una cosa es mirar para ayudar y otra mirar para hablar”, decía.
Teniel sonrió al escuchar eso.
Le habría gustado conocerla más.
Esa frase le apareció varias veces en la semana: “Me habría gustado…” Es una frase peligrosa, porque mira hacia atrás con hambre. Pero también puede abrir una puerta si uno no se queda a vivir en ella.
El primer buenos días de verdad
El viernes, Teniel salió temprano. El cielo tenía ese gris suave que no anuncia tormenta, solo pensamiento. Al pasar frente a la casa de doña Clara, se detuvo, regó las plantas y acomodó la silla. Ya no lo hacía escondido. Tampoco lo anunciaba. Hay actos que pierden algo cuando buscan aplauso.
Luego siguió caminando hacia su auto.
En la esquina, la joven del pan acomodaba una canasta en la bicicleta. Teniel la había visto muchas veces, pero nunca le había hablado. Ni siquiera sabía si ella lo había notado a él. La vida urbana tiene esa rareza: uno comparte paisaje con personas durante años y aun así las trata como sombras útiles.
Teniel respiró.
—Buenos días —dijo.
La joven levantó la mirada. Primero se sorprendió. Después sonrió.
—Buenos días, señor.
No pasó nada más.
Y, sin embargo, pasó algo.
Teniel entendió que un saludo no arregla la vida. No paga deudas, no cura enfermedades, no resuelve discusiones familiares. No hay que exagerar. Pero también entendió que un saludo puede abrir una rendija. Puede decir: “Te vi”. Puede poner una gota de aceite en los engranajes duros de la mañana.
A partir de entonces, Teniel empezó a saludar.
No a todo el mundo con entusiasmo falso. No se volvió un hombre de frases dulzonas ni de abrazos repartidos como propaganda. Seguía teniendo días malos, reuniones pesadas, cansancio y alguna que otra impaciencia. Pero aprendió a detenerse un segundo. A mirar. A responder desde dentro.
Saludaba al portero del edificio vecino. A la señora de los gatos. A don Ernesto. A los niños, cuando no iban demasiado ocupados peleando por quién llegó primero. Y algunas mañanas, antes de entrar al auto, miraba la silla de doña Clara como quien mira una pequeña capilla sin paredes.
Teniel no sabía explicarlo, pero su nombre comenzó a quedarle menos grande. Algo de lo sagrado, algo sencillo y sin incienso, pasaba ahora por su voz.
—Buenos días.
Dos palabras.
Nada más.
Nada menos.
Del Relato a la Resolución
La silla de doña Clara siguió vacía, pero su saludo encontró otra manera de quedarse. Teniel aprendió que hay presencias que no hacen ruido porque no buscan ocupar el centro; sostienen desde la orilla, desde una maceta regada, desde una frase dicha a tiempo, desde una mirada que no cobra nada. Y cuando esas presencias faltan, nos enseñan —a veces tarde, pero no inútilmente— que la gratitud no debería esperar al funeral de las cosas simples.
Tal vez por eso este relato no termina realmente en aquella silla vacía. Continúa en la manera en que nosotros decidimos mirar a quienes todavía están.
Hoy puedes hacer algo pequeño y muy real: saluda con intención a una persona que forma parte de tu rutina. No como trámite. No mirando la pantalla. Mírala un segundo y dile buenos días, buenas tardes, gracias, que te vaya bien. También puedes escribirle a alguien que siempre está y casi nunca recibe reconocimiento. No tiene que ser un mensaje largo. A veces una línea basta para devolverle calor a un vínculo.
Porque esta misma enseñanza cabe en muchos lugares de la vida: en la familia, en el trabajo, en la comunidad de fe, en el barrio, en los equipos que diriges y en las relaciones que se fueron enfriando por falta de gestos sencillos. La vida se fortalece en grande, sí, pero muchas veces también se repara en pequeño: un saludo, una llamada, una pausa, una pregunta honesta.
Y quizá ahí comienza la verdadera resolución del relato: no solamente en comprender lo que significaba doña Clara para Teniel, sino en preguntarnos qué presencias estamos dando por sentadas nosotros.
¿Cómo estás habitando tus relaciones? ¿Quién forma parte de tu vida de una manera silenciosa y constante? ¿Qué ritual cotidiano podrías recuperar para devolver presencia a un vínculo que todavía importa?
Si estas preguntas tocaron algo en ti, una guía cercana de coaching puede ayudarte a convertir esa intuición en una ruta consciente, con procesos reales, metas humanas y conversaciones que dejen espacio para lo esencial. Porque reconocer lo que sostiene nuestros vínculos es apenas el comienzo; después viene el desafío de aprender a cuidarlo mientras todavía está entre nosotros.
A veces, cuando un relato termina, queda una pregunta caminando detrás de nosotros: ¿cómo se cuidan los vínculos antes de que el silencio nos enseñe su valor?
Para explorar esa pregunta desde la vida diaria, la familia, la pareja y esos gestos concretos que pueden reparar lo que la rutina ha ido desgastando, continúa hacia la práctica de reconocer lo que sostiene tus relaciones: https://blog.alexandermadrigal.com/2026/08/gratitud-en-los-gestos-cotidianos.html
Pero tal vez la silla vacía de doña Clara te haya dejado una resonancia distinta, más honda. Quizá no solo te hizo pensar en la gratitud, sino también en esos momentos en los que lo cotidiano parece contener algo sagrado: una voz conocida, una presencia fiel, un “buenos días” que llega justo cuando hacía falta.
Si quieres escuchar el relato desde ese otro lugar —allí donde lo común puede volverse señal y un gesto sencillo puede parecer una pequeña bendición— continúa hacia la espiritualidad escondida en un buenos días: https://sermones.alexandermadrigal.com/2026/08/lo-sagrado-en-los-gestos-cotidianos.html
Porque quizá esa sea una de las enseñanzas que deja doña Clara: algunas de las cosas más importantes de la vida llegan sin anunciarse, repitiéndose cada día con tanta sencillez que solo descubrimos su verdadero peso cuando un día dejan de estar.
Hasta la próxima entrega,
Coach Alexander Madrigal
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