El Retorno de Jhaelon: cuando detenerse también es avanzar
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| ¿Qué ocurre cuando, de pronto, ya no tienes nada que hacer? |
El silencio apareció en su agenda antes de entrar en la casa.
No hizo ruido. Solo estaba allí: dos días completos, blancos, sin reuniones, llamadas ni tareas marcadas en azul. Jhaelon miró la pantalla como quien descubre una puerta abierta en mitad de la noche. Eran las seis y media del viernes y, por primera vez en años, no sabía cómo ocupar el fin de semana.
Un viernes sin pendientes… y con demasiadas preguntas
Hasta ese momento, sus manos habían trabajado con la precisión nerviosa de una máquina entrenada. Tecleaban respuestas, movían documentos y ordenaban objetos que ya estaban en su sitio. La velocidad era su forma de respirar. También su escondite.
Había aprendido a ser eficaz antes de aprender a estar tranquilo.
Cuando las cancelaciones aparecieron, sintió una punzada bajo las costillas. No era dolor, al menos no del todo. Era esa alarma muda que algunos confunden con entusiasmo: el corazón rápido, la mandíbula firme, los dedos buscando algo que resolver.
Cerró la agenda. La abrió de nuevo.
Nada.
—Bueno —murmuró—, seguro encuentro algo.
Quien vive mucho tiempo corriendo suele creer que el descanso llegará como un premio. Pero, cuando llega, a veces se sienta frente a uno como un desconocido incómodo.
Jhaelon apagó la computadora y volvió a encenderla para comprobar un correo que no esperaba. El cuerpo suele contar la verdad antes de que la mente quiera escucharla.
La falsa productividad del sábado por la mañana
El sábado despertó a las cinco y cuarenta y siete.
No había alarma.
Miró el techo. Luego recordó el vacío de su agenda y sintió un tirón por dentro. Se levantó, puso café, limpió la cocina, separó ropa, revisó una factura y respondió mensajes que podían esperar.
¿Sabes qué? Hay tareas que nacen de una necesidad real y otras que aparecen para salvarnos de una conversación interior. Por fuera se parecen. Por dentro, no.
A las nueve, la casa estaba impecable y Jhaelon seguía inquieto.
Regó una planta que no necesitaba agua. Organizó cables. Honestamente, parecía ocupado; sin embargo, algo en su manera de moverse lo delataba. No avanzaba hacia ningún lugar. Daba vueltas alrededor de sí mismo.
Su madre había elegido su nombre por una antigua expresión familiar que hablaba de quien nace entre dos silencios. De niño, lo llamaba “mi hijo de la pausa” cuando lo encontraba observando la lluvia. Con los años, aquella frase quedó sepultada bajo calendarios llenos y metas urgentes.
A mediodía, ya no quedaban cajones que ordenar.
Y ahí empezó el verdadero fin de semana.
Cuando el cuerpo dice lo que la mente evita
Por la tarde se sentó en el sofá. No por gusto, sino porque estaba cansado de inventar movimiento.
El refrigerador zumbaba. Después, nada.
El silencio creció.
Jhaelon apoyó las manos sobre las rodillas. A los pocos segundos comenzó a tamborilear con los dedos. La respiración se le hizo corta, como si el aire tuviera que pedir permiso para entrar. Sintió presión en el pecho y una urgencia de levantarse, caminar, llamar a alguien, revisar cualquier cosa.
Tomó el teléfono. La pantalla se encendió sobre su rostro.
Bastaba un gesto para escapar: un video, una noticia, un mensaje innecesario. Hoy caben muchas huidas en un aparato del tamaño de la palma. Nunca fue tan fácil evitarse con apariencia de estar conectado.
Jhaelon dejó el teléfono boca abajo.
Lo tomó otra vez.
Y volvió a dejarlo.
Aquí está el asunto: los cambios importantes rara vez empiezan con una escena heroica. A veces comienzan con una mano que tiembla y decide no tocar la pantalla.
Permaneció sentado.
La incomodidad subió como una ola torpe. Su mente lanzó propuestas: revisar el correo, salir a comprar algo, adelantar el trabajo del lunes. Todas parecían razonables. Ninguna era honesta.
Entonces apareció una pregunta:
—¿Qué estoy evitando cuando no paro?
Jhaelon cerró los ojos.
No encontró respuesta inmediata. Vio escenas: su padre felicitándolo por las buenas notas; jefes admirando su disponibilidad; amistades que lo buscaban porque siempre resolvía; relaciones en las que había ofrecido eficiencia cuando le pedían presencia.
Ser necesario le había dado un lugar. Estar ocupado, una identidad.
Pero ¿quién era cuando nadie requería nada?
Habitar la pausa sin salir corriendo
La pregunta no lo dejó en paz. Curiosamente, esa fue su primera forma de paz.
Permaneció en el sofá hasta que la urgencia bajó. No desapareció. Tampoco hacía falta. Hay emociones que no necesitan ser vencidas; necesitan espacio para completar su recorrido.
Caminó descalzo hasta la cocina, sintió el frío del piso y bebió agua sin revisar el teléfono.
Por momentos sintió tristeza. También vergüenza. Después sintió ternura hacia aquel niño que miraba la lluvia antes de medir su valor por lo que producía.
No hizo una promesa grandiosa. No diseñó un plan de doce pasos. Eso habría sido más de lo mismo, disfrazado de cambio.
Hizo algo menor.
Respiró.
Una vez. Otra vez.
Sintió los pies en el suelo y el aire en el abdomen. Al exhalar, los dedos se aflojaron. Parecía poco, pero no lo era. A veces el carácter se fortalece así: en decisiones discretas que nadie aplaude.
El domingo repitió el gesto. Preparó café y se sentó junto a la ventana. La mente quiso adelantarse al lunes. Jhaelon notó el impulso y lo dejó pasar, como a un vecino apresurado por el pasillo.
Entonces vio las hojas de un árbol.
Se movían con lentitud, aunque nunca estaban quietas del todo. Esa contradicción le gustó. La pausa tampoco era inmovilidad. Era otro tipo de movimiento, uno que no empujaba ni exigía resultados.
Sus manos descansaron abiertas sobre el regazo.
No necesitó llenarlas.
Comprendió que su nombre no era una burla. Era una invitación que había tardado años en aceptar. Jhaelon no había nacido para huir del silencio, sino para aprender a respirar dentro de él.
Del Relato a la Resolución
Quizá la inquietud de Jhaelon no nació del exceso de trabajo, sino del significado que había aprendido a darle. Hay momentos en que mantenerse ocupado deja de ser eficiencia y comienza a protegernos de preguntas más incómodas. Esa frontera casi invisible continúa en cuando la ocupación se convierte en refugio, donde la historia se vuelve una mirada práctica sobre nuestros hábitos, vínculos y decisiones.
Pero existe otra dimensión de la pausa. Una que no necesita respuestas inmediatas. El árbol detrás de la ventana de Jhaelon parece insinuarla mientras sus hojas se mueven sin prisa: algo puede estar vivo sin correr. Esa intuición continúa en el silencio que todavía está lleno de vida, una reflexión sobre aquello que comienza a escucharse cuando dejamos de llenar cada espacio.
Si el ruido constante se ha convertido en refugio, un proceso de coaching personalizado puede ofrecerte una guía cercana para reconocer patrones, ordenar prioridades y construir una ruta consciente. No se trata de fórmulas perfectas, sino de procesos reales, metas humanas y conversaciones que dejan espacio para lo esencial.
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Hasta la próxima entrega,
Coach Alexander Madrigal
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