El armario de Zevan: cuando dejó de vestirse para sí mismo
Zevan había dedicado tres meses a organizar una exposición de treinta y dos obras. Conocía la altura exacta de cada cuadro, la posición de los focos y hasta el orden en que los invitados recorrerían las salas. Sin embargo, aquella mañana llevaba veinte minutos frente al armario sin poder decidir qué camisa ponerse.
Había sacado una blanca, una gris y otra azul oscuro. Las tres estaban impecables. Cualquiera habría servido para la inauguración, pero Zevan seguía examinándolas como si alguna escondiera un inconveniente que todavía no lograba descubrir.
Finalmente eligió la azul oscuro.
Recordaba que uno de los patrocinadores del centro cultural había elogiado aquel color durante una cena. Había dicho que transmitía confianza. Zevan no estaba seguro de compartir esa opinión, aunque tampoco encontraba razones para discutirla.
Se abotonó la camisa, comprobó que el cuello estuviera bien colocado y salió de casa.
Las pequeñas decisiones que parecían no tener importancia
Zevan llevaba casi diez años coordinando exposiciones. Tenía facilidad para tratar con personas muy diferentes: artistas temperamentales, funcionarios exigentes, visitantes curiosos y patrocinadores acostumbrados a que sus opiniones fueran escuchadas.
Sabía cuándo intervenir y cuándo guardar silencio. Podía reconocer una incomodidad antes de que se convirtiera en conflicto y encontrar soluciones que dejaran razonablemente satisfechos a todos.
Esa habilidad le había ganado una buena reputación.
También había aprendido a cuidar su apariencia según la ocasión. Para las reuniones administrativas prefería chaquetas discretas; con los artistas utilizaba ropa más informal. Nunca había considerado aquello una renuncia. Le parecía una forma de respeto.
Lo que no había advertido era que esa costumbre había comenzado a extenderse a momentos en los que nadie esperaba nada particular de él.
Una vez dejó de ponerse una camisa estampada porque recordó que su hermano la había llamado extravagante. Compró unos zapatos incómodos después de que un compañero comentara que eran elegantes. Había abandonado ciertos colores porque alguien, años atrás, le aseguró que no le favorecían.
Ninguna de aquellas decisiones fue especialmente importante. Tampoco habían surgido de una prohibición.
Quizá por eso le resultaba tan difícil reconocer cuánto espacio habían terminado ocupando.
Una pregunta que no estaba en el programa
La tarde anterior a la sesión fotográfica del equipo, Inés apareció en la sala principal con una cámara colgada del hombro.
—Necesito actualizar tu foto para la página del centro —dijo—. La que tenemos ya cumplió demasiados años.
—Tampoco he cambiado tanto.
—La chaqueta sí. Creo que ya merece una jubilación.
Zevan se rio. Inés llevaba años trabajando en la iluminación de las exposiciones y tenía la costumbre de hacer observaciones inesperadas mientras resolvía asuntos muy serios.
—El jueves podemos hacerla —continuó—. Ponte algo que te guste.
-¿Formal?
—Como quieras.
—Depende de la imagen que queramos proyectar.
Inés apartó la cámara para mirar la pantalla.
—Zevan, te pregunté qué te gusta a ti.
Él estuvo a punto de responder. Pensó en sus camisas, en los colores que acostumbraba utilizar y en las personas con quienes tendría reuniones aquella semana.
—Algo sobrio, supongo.
—Eso ya lo sé —respondió ella—. Bueno, el jueves vemos.
Un asistente la llamó desde el otro extremo de la sala. Una de las luces necesitaba ajustarse y el instalador estaba a punto de marcharse.
Inés se alejó mientras Zevan regresaba a sus tareas.
Más tarde, mientras revisaba los nombres de las obras, recordó aquella conversación. La pregunta había sido sencilla, pero no estaba seguro de haberla contestado.
Todo lo que cabía en aquel armario
Esa noche abrió nuevamente las puertas del armario.
Tomó una chaqueta marrón que había comprado para una conferencia. Recordaba perfectamente quién se la había recomendado. Después encontró una camisa blanca cuyo cuello le resultaba demasiado rígido, pero que había reservado para las reuniones importantes.
Más al fondo apareció una prenda que apenas reconocía: una camisa verde oliva, de tejido suave, con un pequeño bordado junto al bolsillo.
La había comprado durante un viaje, mucho antes de comenzar a trabajar en el centro cultural.
La sostuvo frente a sí mismo.
Le gustaba el color. Recordaba haberla utilizado con frecuencia durante una época en la que se vestía con menos ceremonias.
La dejó sobre la cama y siguió revisando.
Había ropa que le agradaba sinceramente y otras prendas que apreciaba por su utilidad. Eso no le sorprendió. Lo extraño fue descubrir que, al pensar en muchas de ellas, lo primero que aparecía en su memoria era la opinión de otra persona.
Se sentó junto a la camisa verde y pasó los dedos por el pequeño bordado.
Al cabo de unos minutos la volvió a guardar.
Todavía tenía trabajo pendiente para la inauguración.
A la mañana siguiente, durante una reunión de coordinación, Inés propuso que el equipo creativo pudiera vestirse con cierta libertad.
—Mientras mantengamos una presentación cuidada, creo que funcionará —comentó.
Zevan pensó en los patrocinadores. Imaginó que alguno podía interpretar aquella libertad como falta de seriedad.
Estuvo a punto de objetar.
—¿Te preocupa algo? —preguntó la directora.
Miró las anotaciones que tenía delante. Nadie había establecido un código estricto y, hasta donde sabía, ningún patrocinador lo había solicitado.
—No, mientras cuidemos la presentación general.
La reunión continuó.
Zevan anotó dos tareas nuevas y subrayó una fecha. Sin embargo, aquella pequeña intervención le había dejado una sensación poco habitual: había permitido algo que normalmente habría intentado controlar.
La camisa que no necesitaba una explicación
El jueves volvió a encontrar la camisa verde oliva.
Se la puso y se observó unos segundos. Combinaba bien con una chaqueta que utilizaba con frecuencia. El tejido le resultaba cómodo y el color le agradaba tanto como lo recordaba.
Consideró cambiarse.
La fotografía estaría en la página del centro durante meses. Quizá convenía utilizar algo más convencional.
Buscó una camisa blanca, pero antes de desabotonarse comprobó nuevamente su aspecto.
La verde estaba limpia, bien planchada y resultaba apropiada para el trabajo.
Dejó la blanca en su lugar.
Durante la sesión, Inés ajustó una lámpara y le pidió que se acercara un poco a la ventana.
—Esa camisa no te la había visto.
—La tenía guardada desde hace años.
—Pues te queda bien. Gira un poco hacia la izquierda.
Zevan obedeció.
Había esperado que Inés preguntara por la prenda o hiciera algún comentario adicional. Incluso tenía preparada una explicación sobre dónde la había comprado y por qué había decidido recuperarla.
Pero ella estaba ocupada buscando el mejor ángulo.
Al terminar, Zevan revisó la fotografía. Reconoció su rostro, su expresión habitual y aquella camisa que le gustaba.
—¿La dejamos? —preguntó Inés.
—Sí, está bien.
—Perfecto. Me faltan otras cuatro personas y todavía tenemos que revisar las luces del salón.
Guardó la cámara y se marchó.
Zevan permaneció unos momentos frente a la pantalla antes de regresar a su despacho.
El comentario del patrocinador
Para la inauguración decidió utilizar la misma combinación.
La velada comenzó con algunos retrasos. Un técnico tuvo que revisar el sonido, uno de los invitados llegó antes de lo previsto y una artista necesitó varios minutos a solas antes de presentar su obra.
Zevan se ocupó de cada inconveniente con la serenidad que sus compañeros conocían.
Poco después de comenzar la recepción, uno de los patrocinadores se acercó a saludarlo.
—Hoy vienes menos formal que de costumbre —comentó, observando su camisa.
Zevan sintió el impulso familiar de explicar que había elegido algo diferente por la naturaleza del evento. Incluso pensó en mencionar que la directora había permitido cierta libertad al equipo.
—Sí, hoy quise cambiar un poco —respondió.
El hombre asintió.
—Por cierto, quería preguntarte por la obra del fondo. ¿Es del mismo artista que expuso el año pasado?
Zevan lo acompañó hasta la sala contigua.
Durante los siguientes minutos hablaron de técnicas, materiales y de la posibilidad de organizar otra exposición. La conversación transcurrió como tantas otras.
Más tarde, mientras ayudaba a una visitante a localizar el catálogo, recordó el comentario del patrocinador.
Había sido una observación. Tal vez una crítica ligera. No tenía manera de saberlo.
Lo que sí sabía era que su trabajo había continuado exactamente igual después de escucharla.
Al regresar a casa colgó la camisa verde junto a las demás. No retiró las prendas que había comprado para agradar a otros ni decidió renovar su vestuario. Algunas todavía le servían y otras probablemente seguirían allí durante un tiempo.
Unos días después, antes de otra reunión, volvió a tomar la camisa azul oscuro.
Recordó el elogio del patrocinador, pero esta vez dedicó unos segundos a examinarla sin pensar en él. Le gustaba cómo combinaba con el abrigo que pensaba llevar y resultaba cómoda para la jornada.
Se la puso.
Cuando estuvo listo, cerró el armario y salió sin ensayar una explicación.
Del Relato a la Resolución
¿Cuándo fue la última vez que elegiste algo porque realmente lo deseabas, sin necesitar imaginar primero la reacción de los demás?
Zevan no necesitaba dejar de escuchar las opiniones ajenas. Había construido relaciones valiosas gracias a su sensibilidad y a su capacidad para considerar diferentes perspectivas. Lo que comenzó a recuperar fue un espacio para sus propias preferencias dentro de decisiones que también le pertenecían.
Esta semana puedes observar tres elecciones pequeñas: una actividad que aceptas, una opinión que expresas o la manera en que decides utilizar tu tiempo. Antes de responder, distingue qué prefieres, qué requiere realmente la situación y qué estás haciendo solamente para evitar una desaprobación posible.
No es necesario que todas tus decisiones sean diferentes. Lo importante es reconocer que tienes un lugar legítimo en ellas.
Esta práctica también puede ayudarte en tus relaciones familiares, en el trabajo y en los compromisos que asumes por costumbre. Considerar a los demás es valioso; aprender a hacerlo sin perder de vista tus propias necesidades requiere conciencia y, muchas veces, paciencia.
Si descubres que esta dificultad se repite en diferentes espacios de tu vida, un proceso de coaching puede ofrecerte una guía cercana para examinar tus decisiones, reconocer tus prioridades y construir una manera de relacionarte más consciente, respetuosa de ti y de quienes te rodean.
Hasta la próxima entrega,
Coach Alexander Madrigal
www.alexandermadrigal.com
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